El 50% de los jóvenes entre 14 y 18 años consumen alcohol durante los fines de semana. Las principales razones de consumir alcohol en calle son ahorrar dinero y disfrutar de un ambiente distendido

Son más de las diez de la noche. Bolsas de plástico en mano, varios jóvenes salen de un pequeño establecimiento de alimentación. Caminan en dirección al parque Salvador Allende de Coslada donde esperan el resto de sus amigos. Como cada fin de semana, se sentarán alrededor de unos minis y se pasarán horas charlando y bebiendo. Aprovechan los últimos días de buenas temperaturas y los primeros de clases aún sin exámenes. La imagen se repite en otras zonas de la ciudad como el parque de El Cerro, el Recinto Ferial, el parque de Carlos Marx o la explanada del Buero Vallejo.
Ajenos a la ley antibotellón, los adolescentes no han cambiado sus hábitos y es común encontrárselos alrededor de unas litronas desde que se pone el sol hasta altas horas de la madrugada. A medida que avanza la noche, los más jóvenes, entre 15 y 18 años, se retiran y son sustituidos por los veinteañeros. De hecho, en los últimos años la media de edad ha aumentado y cada vez son más mayores los que sustituyen los bares por el botellón aunque el perfil suele ser el de jóvenes de ambos sexos de entre 14 y 30 años y de todo tipo de clase social.
La razón principal de beber en la calle es común para todos ellos: sale mucho más barato. “Así nos cuesta un euro el litro y en los bares unos seis“, asegura una joven de 18 años que acude todos los fines de semana al Allende desde hace años. En Madrid, los jóvenes gastan una media de tres euros en alcohol en un botellón; mientras que una copa en un bar cuesta entre 6 y 10 euros.
‘Botellones’ pacíficosOtra de las ventajas que destacan los asiduos al botellón es que estar al aire libre es mucho más atractivo que hablar dentro de un bar. De hecho, a algunos les pueden dar hasta las cinco o las seis de la madrugada. Muchos también se quejan de la “estigmatización” que lleva acarreada la palabra botellón y aseguran que, lo que hacen, no es “nada malo“.
“Esto no es botellón como tal, es una reunión de amigos que quedamos a tomar algo pero no hay alcohol duro como whisky o otras bebidas“, señala Oscar, un joven cosladeño que suele elegir el parque Salvador Allende para salir por la noche. Las encuestas muestran que lo más común en los botellones son los minis de calimocho (mezcla de vino con coca cola), cerveza y licor de alta graduación con un refresco.
La normativa aprobada hace siete años no logra erradicar esta práctica
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Uno de los argumentos en contra de beber en la vía pública es la posibilidad de que se produzcan enfrentamientos entre diversos grupos de jóvenes. Sin embargo, la mayoría de ellos se defienden asegurando que sucesos como el enfrentamiento de algunos adolescentes con la policía en Pozuelo de Alarcón son excepcionales.
Fuentes policiales de Coslada y San Fernando corroboran que al menos así es en ambas localidades. “Ni los fines de semana ni en las fiestas se han producido incidentes graves”, asegura el concejal de Seguridad de Coslada, Manuel Torrús.
De hecho, el edil responsable asegura que no es un asunto que “preocupe en exceso” dentro de las actuaciones policiales en la ciudad debido a que sólo se han producido “pequeños incidentes y de manera puntual”.
Sanciones de 300 eurosLa Ley de Drogodependneicas y Otros Trastornos Adictivos de la Comunidad de Madrid, conocida por Ley del botellón, entró en vigor en julio de 2002. La normativa a nivel regional prohíbe desde entonces, y de manera explícita,consumir alcohol en la calle. La ley regula además los horarios de venta y promoción del alcohol.
Su objetivo es claro: erradicar las concentraciones masivas de personas practicando el botellón en lugares como la plaza del 2 de Mayo en el madrileño barrio de Malasaña. En un principio, fue el propio Ministerio del Interior el que propuso la regulación de esta situación para evitar actos vandálicos o incidentes violentos pero, ante las críticas y recelos que surgieron hace siete años, la iniciativa quedó aparcada, siendo retomada posteriormente por las comunidades autónomas, cada una de las cuales aprobó regular el consumo de alcohol en la calle, a su manera.
Tan sólo un 15% de las sanciones impuestas son ejecutadas
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En el caso de Madrid, ingerir alcohol en la vía pública se considera una falta leve sancionada con una multa de 300 euros la cual puede ser pagada o convalidada por un curso de concienciación de nueve horas. En concreto, el artículo 30.3 de la ley establece que no se permite la venta ni el consumo de bebidas alcohólicas en la vía pública salvo terrazas, veladores o días de feria o fiestas patronales.
A pesar de la estricta normativa, los botellones no han sido erradicados de las ciudades, aunque sí han sufrido cambios. Uno de ellos es su ubicación, pasándose de los lugares más céntricos a parques, aparcamientos y descampados apartados de edificios para evitar que algún vecino alerte a la policía. Es precisamente el barómetro de las quejas por ruido el que marca el ritmo de la mayoría de las actuaciones policiales.
“Sobre todo actuamos a partir de las doce de la noche y por quejas de los vecinos, especialmente en lugares residenciales como el parque Carlos Marx y la plaza Uruguay“, explica Torrús.
El número de expedientes abiertos por consumo de alcohol en vía pública en Coslada asciende en lo que va de año a 15, en los cuales hay una media de entre cinco y seis personas sancionadas. Una cifra inferior a la de 2008 cuando se abrieron un total de 42.
Este descenso, según Torrús, se debe a la mayor presencia policial en zonas como el parque Carlos Marx. “Ahora cuando ven a los agentes se disuelven y se marchan, especialmente si están en coches con música y botellas de alcohol“, señala Torrús.
“Siempre hay presencia policial por las zonas de concentración de chavales, pero no se interviene a no ser que veamos que hay un comportamiento punible, se pasa y se les llama la atención al orden. Eso sí, creemos que hay que dejar al joven su propio espacio, siempre y cuando se cumpla con las normas de convivencia“, añade el edil de Seguridad.
En el caso de San Fernando, fuentes municipales han señalado que no se registran grandes concentraciones de jóvenes bebiendo en la calle y califican estas reuniones en la vía pública de “esporádicas“. “Sólo son pequeños grupos puntuales en zonas como el parque del Jarama y no hay apenas denuncias vecinales por ruido“, señalan desde el Consistorio.
Embudo administrativoEl procedimiento de actuación policial cuando se detecta que hay personas consumiendo alcohol en la calle está marcado por la legislación de 2002. Los agentes son los que levantan un acta denunciando una actividad ilícita y, posteriormente, ésta se envía a la Agencia Antidroga, encargada de la resolución. En el caso de los menores, se avisa a sus padres tras su identificación y la denuncia sigue un protocolo algo más complejo.
Es precisamente en la ejecución de las sanciones donde se estanca la normativa autonómica. Las cifras hablan por sí solas. El pasado año, la Comunidad de Madrid dio curso y no ejecutó 6.476 denuncias de policías locales de la región. En contraposición, sólo el Ayuntamiento de Madrid remitió ese año a esta entidad un total de 42.765 denuncias. Esto supone que sólo en Madrid se dejaron sin ejecutar un 85% de las sanciones.

¿El problema? En la mayoría de los casos la denuncia recurrida termina por no ejecutarse por defecto de forma. “La legislación es muy complicada y se exigen a veces pruebas muy complicadas de obtener en este tipo de situaciones“, explica Torrús quien añade: “Los agentes tendríamos que tener otras herramientas o mecanismos para no estar dando palos de ciego”.
Otro de los aspectos en los que se difumina la aplicación de la normativa es la de la venta de alcohol en los establecimientos entre las diez de la noche y las ocho de la mañana día siguiente. Sin embargo, los propios jóvenes conocen numerosos establecimientos en los que se saltan esta normativa y a los que pueden acudir por la noche para conseguir avituallamiento.
En el caso de que los establecimientos sean interceptados por los agentes durante la venta de alcohol a un menor, esto supone un delito que puede conllevar la cárcel. Aún así, no parece que las posibles sanciones asusten a muchos comerciantes que aprovechan el botellón para hacer negocio, especialmente en los meses de verano.
Asimismo, desde las administraciones locales se señala que la aplicación de la ley del botellón “no ha cambiado nada” las costumbres de los adolescentes con respecto a esta práctica. Los parques y explanadas continúan llenándose de jóvenes los fines de semana, dejando tras de sí vasos de plásticos, litronas vacías y latas aplastadas. Los propios jóvenes reconocen que ese es uno de sus puntos “débiles” a la hora de defender el botellón.
“Deberíamos recoger después de estar aquí...porque esto se queda hecho una porquería”, admiten algunos de los asiduos al parque Salvador Allende.

El alcohol: la droga más tolerada socialmente
El 50% de los jóvenes entre 14 y 18 años de edad consumen alcohol durante los fines de semana y en horario nocturno. De hecho, la edad media en la Comunidad de Madrid para iniciarse en el alcohol es de 13,7, según estadísticas recientes aportadas por el Ministerio de Sanidad.
Uno de los problemas del consumo de esta droga es que es tolerada socialmente. “Hay muchas más personas adictas al alcohol o al tabaco que a otras drogas pero no está estigmatizado, tiene mayor aceptación social y es más fácil acceder a él, siendo también más fácil de esconder la dependencia”, señala el coordinador del Centro de Atención Integral a Drogodependientes (CAID) de Coslada, Ramón Llavero.
Asimismo, otra de las características de esta sustancia es que el efecto del alcohol en el cuerpo humano es mucho más lento que el de otras sustancias. “Se vende diciendo que se consuma con moderación pero esto es una hipocresía porque realmente está creando una adicción y puede llegar a provocar problemas en el trabajo o la pareja, así como un deterioro físico relacionado con la pérdida de memoria, los temblores o los cambios de humor”, añade Llavero.
En cuanto al botellón, uno de los problemas que apuntan los expertos es que la ingestión del alcohol es más compulsiva por resultar precisamente más barata para los jóvenes. Además, critican que el control del tipo de sustancias que se ingieren así como quién las ingiere es menor que el que se ejercita en los bares.